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Otra Paloma que quiere volar alto: una joven argentina ganó el Prix de Lausanne, legendario certamen de ballet de Suiza

partir de ahora, el 317 será para siempre su número de la buena suerte, aunque lo suyo no sea obra del azar, sino una suma de factores extraordinarios que van de sus cualidades físicas y el talento a la dedicación, la perseverancia y una inteligencia emocional que se convirtió en su gran bastión. Paloma Livellara Vidart, una joven estudiante de ballet argentina preseleccionada este año para participar en el prestigioso Prix de Lausanne, en Suiza, ganó el fin de semana esa competencia y dejó boquiabiertos al jurado, a la audiencia presente en la sala del teatro (de hecho, uno de los reconocimientos que obtuvo fue como “la favorita del público”) y a una gran comunidad que siguió a través de las redes sociales cada instancia del certamen. Con 18 años cumplidos, esta bailarina made in Argentina, que desde 2019 apostó por continuar su formación en Mónaco, deberá ahora decidir cuál de las importantes ofertas que recibió la pondrán en el umbral de una carrera profesional a todas luces auspiciosa. ¿Será en Estados Unidos o en Europa? ¿Tendrá el American Ballet de Nueva York otra Paloma argentina para hacer historia?

Paloma Livellara Vidart, en la gala de premiación del Prix de LausanneInstagram @prixdelausanne

Con medio siglo de trayectoria y consolidado a través de los años como un gran trampolín de estrellas de la danza -que catapultó, por ejemplo, a la inigualable Alessandra Ferri, a Julie Kent y a Darcey Bussell (presidenta del jurado) así como a Carlos Acosta, Christopher Wheeldon y Sergio Neglia, entre un larguísimo etcétera con nombres de todas las nacionalidades-, en “el Prix” Paloma obtuvo tres distinciones durante el acto de premiación previo a la gala del domingo, con la que concluyó esta edición que contó con 86 participantes preseleccionados en los cinco continentes. Día a día, los preparativos, el pasaje a la final de veinte de ellos y las nueve consagraciones pudieron verse en vivo por streaming.

Tras bambalinas, Paloma Livellara Vidart, con dos grandes: Alessandra Ferri y Julio Bocca, en el Prix de Lausanne 2024

Enseguida, las felicitaciones cruzaron las fronteras, con un claro mensaje de entusiasmo común: la danza argentina sigue renovando su cantera de talentos para mantenerse en lo más alto de la escena internacional. Así lo hicieron notar Marianela Núñez, la gran figura del Royal Ballet, que es una referencia tanto artística como personal para la ganadora. “Orgullosa” de ver el trabajo de la joven promesa, que también es oriunda de San Martín, destacó “su enfoque, madurez, técnica y sensibilidad. Los ojos se me iban a ella hasta cuando la cámara no la estaba enfocando. Su camino será brillante si sigue usando todos estos ingredientes maravillosos”, decía a LA NACION desde Londres. Ludmila Paglieroétoile en la Ópera de París, escribió en su cuenta de Instagram: ”Que lindo es ver a una nueva generación de bailarinas argentinas tomando posesión de diferentes escenarios por el mundo. Como Azul en Hamburgo [por el caso de Ardizzone, que fue sensación el año pasado al convertirse en la Julieta más joven en el clásico inspirado en la tragedia de Shakespeare] o Paloma en el famoso Prix de Lausanne. El comienzo de un camino lleno de momentos mágicos para la audiencia y para el arte Sudamericano. Felicitaciones chicas. Sigan soñando e inspirándonos”.

El propio Julio Bocca, que siguió el derrotero del certamen de muy cerca, ya que fue nuevamente convocado como maestro de varones para esa semana que les da fabulosas experiencias a los aspirantes, no dudó en señalar como un hecho que habla por sí mismo que fueron cuatro los argentinos que lograron viajar a Suiza como semifinalistas. “Ella tiene una técnica segura y es muy artista; en la variación de danza contemporánea, estuvo es-pec-ta-cu-larMe puso muy feliz ver que seguimos en el mundo de la danza”, subrayó los atributos de la ganadora en un intercambio con LA NACION, entre su regreso de Lausanne y la próxima partida a Corea, donde volverá a trabajar con la compañía de Seúl.

Como él, otros maestros de ojo experto señalaron que “se nota” la formación internacional que Livellara Vidart adquirió en Montecarlo los últimos años. Analía Domizzi, por ejemplo, que la conoce desde hace tiempo -Paloma fue el cupido principal en la gala solidaria de Marianela Núñez en San Martín, que la maestra dirigió en sucesivas ediciones, y colaboró con ella en el taller Danza 21, llevando a la villa el mismo entrañable personaje de Don Quijote-, “celebra” el crecimiento que ha tenido. “Europa es Europa, con su forma de trabajar, y ella que es tan tenaz. ¡La vi hermosa en Gamzatti!”, exclama sobre el fragmento del ballet La Bayadera que interpretó con tutú azul.

En el centro de la escena, como el cupido principal de «Don Quijote», en una gala solidaria realizada por Marianela Núñez en San Martín

Otra Paloma para la danza argentina

La historia de Livellara Vidart, está a la vista, tiene grandes capítulos por escribirse. Hasta aquí, en resumen, se trata del camino de una chica que a los 8 años ya daba claras señales de sus cualidades.

Bárbara Yacovone recuerda el día que Laura, la mamá de “Palo”, la llevó a su estudio de ballet en San Martín para hacer un seminario de verano. Inmediatamente advirtió que era excepcional. “Vi desde pequeña las condiciones que tenía: todo lo que requiere la danza; elongación, posiciones altas, saltos, giros. Y además contaba con esa inteligencia especial, emocional y práctica, que se nota en las clases. Asistía en el grupo con chicas más grandes, aunque no tenía la preparación, y podía seguirlas perfectamente; mirando con esos ojos redondos y grandes que tiene, absorbía como una esponja”, recuerda. Al final del curso, Yacovone recomendó a la familia que continuara y, poco después, propuso prepararla para ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, donde entró en el primer intento. Cursó cinco años y medio durante los cuales sus días siguieron la conocida rutina de las chicas que se preparan para ser bailarinas a este nivel: por la mañana la escuela del Colón; por la tarde el colegio, y después de las aulas, al estudio de su maestra particular todos los días para seguir puliendo en la barra. “Fue un antes y después para mí como maestra”, reconoce la ahora “tía” Bárbara, que por una lado ve orgullosa cuánto creció y por otro cómo conservó su esencia original. “La preparé para presentarse en concursos locales y luego internacionales, como al Youth America Grand Prix, donde después de bailar en el Lincoln Center, Luca Masala, director de la academia Princess Grace de Montecarlo, le otorgó una beca completa para estudiar en su escuela, adonde Paloma terminará su quinto año de formación en junio próximo”. Egresará así de la vida de estudiante para comenzar el camino del artista.

La joven bailarina argentina, antes de irse a vivir a Mónaco, en 2019, con su maestra Bárbara YacovoneGentileza Bárbara Yacovone

Paloma no puso todavía los pies en la tierra, pero cuando atiende el teléfono, ya de vuelta en Mónaco, al terminar sus clases de la mañana, se puede advertir en la voz los efectos de una inédita felicidad, al mismo tiempo que sobresale la reflexión de una chica madura, a quien la experiencia hizo crecer en varios sentidos. Lausanne le dio tres diplomas, muchas propuestas de trabajo en prestigiosas compañías de Gran Bretaña, Holanda, Noruega, Alemania, y también del otro lado del Atlántico, en San Francisco, Nueva York y Boston, cuenta; demás le dejó los buzones digitales y casillas de correo repletos de mensajes, “cientos y cientos, miles”, que llegan con admiración de lugares remotos. “¡Me dicen que tengo seguidores en China!”, se asombra. “Estoy shockeada”. Pero en el saldo interior, se lleva la recompensa más grande: “Me abrió los ojos y me ayudó a entender mejor cómo las cosas pueden resultar bien cuando uno cree en uno mismo y se siente con confianza”.

¡Si es que confianza pareciera sobrarle!, dirá cualquiera que la haya visto en el escenario, con tal seguridad, naturalidad y gracia que no le alcanzaban los adjetivos al comentarista de la trasmisión para calificar cada una de sus performances. La mayor preparación, revela, fue justamente psicológica, para estar lista para lo que pudiera surgir: un comentario, una comparación el tan conocido estrés y los nervios, que siempre están. ¿Y si algo no saliera como quisiéramos? “Ese trabajo para mí es más complicado que el trabajo físico, definitivamente. Pero mi director tiene mucha experiencia en lo que hace y sabe cómo prepararnos”. Por eso también es fundamental el sentido que adquiere esta victoria. “Soy muy exigente y ambiciosa al mismo tiempo. Tuve problemas con esto. Siempre limité mis capacidades, porque mi cabeza no me dejaba ver de lo que soy capaz. La idea de Luca, la razón detrás de llevarme a Lausanne, era justamente hacerme ver que la vida puede ser mucho más fácil de lo que creo si me quito un poco de ese peso sobre mis hombros. Esta experiencia me ayudó muchísimo, fue el día y la noche en mi manera de pensar, y me hizo dar cuenta de la suerte que tengo de tener esta educación increíble y no distraerme de la oportunidad”.

Para Livellara Vidart corre ahora un plazo de treinta días para pensar bien y elegir en cuál de las compañías que le pusieron a disposición un contrato comenzará su carrera (entre otras, el English National Ballet, el Het National Ballet, la Ópera de Oslo y la de Zurich ya la ficharon de forma expresa). “Pero además, los ganadores del premio tenemos un pase abierto a cualquiera de las compañías asociadas con el Prix de Lausanne (¡que son casi todas las reconocidas!), entre las que también podemos elegir, y ahí están, por ejemplo, el Royal Ballet Londres, Stuttgart o Munich -explica-. Luego de hablar mucho con mi director, hemos llegado a la conclusión de que para mí, conociéndome, es mejor empezar en una compañía no tan grande, donde pueda acceder pronto a algunos roles”. El ABT Studio Company -cuya misión central es preparar bailarines excepcionalmente prometedores (de 17 a 21 años), en la transición de estudiante a artista profesional, a la vez que se constituye como el semillero principal de la compañía mayor- le ofreció oficialmente un contrato. “Es una muy buena oportunidad, porque es un lugar donde podría bailar mucho”. ¿Quiere decir que habrá pronto otra Paloma argentina en el American Ballet? “¡Hasta el mismo director me dijo eso!”, se ríe del otro lado de la llamada. “Es una decisión muy importante, donde se pone en juego además lo social, lo económico, lo cultural. Son muchas cosas para tener en cuenta, tengo un mes para tomar la decisión”.

Hija única, circunstancialmente nacida en Mendoza, pero criada desde bebé en la provincia de Buenos Aires, durante la conversación además de tipos de entrenamiento y estilos de danza (americano, francés, inglés), Paloma habla de grandes valores. “Mis padres no pudieron estar en Suiza conmigo, como era el plan principal, por cuestiones económicas, pero sentí todo su apoyo. Somos una familia muy cercana, tenemos una relación hermosa, y soy consciente de que fui yo la que decidió estar acá”. En momentos de apremios inéditos, como fue la pandemia, regresó a la Argentina de marzo a agosto, aunque por las particularidades de Mónaco, en el mismo 2020 pudo volver presencialmente a los estudios de Montecarlo.

A los 10 años, ya volaba: en la imagen, Paloma Livellara Vidart , haciendo la misma variación de repertorio con la que ganó el fin de semana el premioGentileza Bárbara Yacovone

“Vivir en Mónaco es lo que uno siempre podría haber soñado para irse de su casa de chico, porque es muy seguro y lo conocés como la palma de tu mano. Saliendo de la Argentina, un país con mucha inseguridad y problemas sociales, fue un gran comienzo para mí, porque tuve la posibilidad de sentirme cómoda y manejarme sola. No tenés de qué preocuparte. Como es un país exclusivo para gente muy adinerada, más bien tenés que encontrar maneras de divertirte sin ser millonario”. Ella vive en el internado de la academia, donde en total son 45 chicos. Salir de semejante cuento de hadas tal vez podría asustarla, le pregunto, pero ahí está de vuelta su inteligencia. “Sí, asusta un poco -admite-, porque acá somos muy pocos y todo es muy personalizado, nos forman con mucho cuidado y cariño. Pero es momento de empezar una vida independiente. El cambio va a ser grande, y estoy tratando de convertir ese poco de miedo en emoción, para disfrutar del tiempo que me queda, y pasar al siguiente desafío”.

Fuente: Constanza Bertolini, La Nación

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