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Cómo es por dentro la Casa de Ejercicios que fundó la nueva santa argentina

Su puerta, sobre la Av. Independencia, está casi siempre cerrada. Los autos pasan raudos y pocos saben qué funciona de puertas adentro: ¿un convento? ¿un museo? Se trata de la Santa Casa de Ejercicios que fundó en 1795 María Antonia de Paz y Figueroa, flamante santa argentina, canonizada en febrero por el Papa Francisco, jesuita como ella. Además de su antigüedad, lo curioso de este solar es que aún conserva el fin con el que fue creada: los retiros espirituales. Según algunas anécdotas y testimonios, los mismos que hicieron Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia, Camila O’Gorman, Manuel Alberti, Santiago de Liniers, Bartolomé Mitre, Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, entre muchos otros. Después de más de dos siglos, aquí todavía se organizan retiros de silencio basados en los ejercicios espirituales de San Ignacio, de 3, 5 o 7 días. Así lo concibió María Antonia. Prefieren llamarla así más que “Mama Antula”, un apodo popular que recibió en Silípica, a 40 km al sur de la capital de Santiago del Estero, donde nació el 11 de febrero de 1730. A los 15 años empezó a divulgar la palabra de Dios, a enseñar a leer y escribir, o ayudar a mejorar las técnicas de agricultura y ganadería. Luego formó la congregación de las Hijas del Divino Salvador y su empeño y determinación le permitieron –un milagro para la época– construir la Santa Casa de Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Es la edificación antigua con menos modificaciones o restauraciones de la ciudad de Buenos Aires y donde unos 70.000 creyentes han vivido su experiencia.

La Santa Casa de Ejercicios ocupaba toda la manzana; el espacio que hoy es parte de la estación de servicios era la huerta.

“Este espacio histórico –que es un monumento vivo de lo que fue la evangelización– nos permite hablar de ella, de su obra, de su fe inquebrantable y de su legado. Es tan valioso este patrimonio que determinó que el 21 de mayo de 1942 la Casa fuera declarada Monumento Histórico Nacional”, sintetiza Graciela Ojeda de Rio, quien conduce las visitas guiadas y presidió la Comisión Histórica en la causa de beatificación. Explica que los terrenos de la manzana –por entonces fuera del casco urbano– fueron donados por particulares, en tanto que los gastos para edificar fueron sufragados por limosnas y donaciones, algunas de acaudalados benefactores. Las obras fueron dirigidas por el alarife Juan Campos según planos bosquejados por Mama Antula. Lamentablemente sólo alcanzó a ver terminados el beaterio y parte de la Casa de Ejercicios cuando murió en 1799. El estilo evoca las viviendas de la España medieval. Al llegar a la vereda, la primera impresión la da el oratorio, abierto desde el siglo XVIII. Durante el día, la gente pasa, ingresa y reza frente a una imagen que estremece: un Nazareno (Jesús camino al calvario) de cabello natural, ojos de vidrio y ataviado con la clásica sotana roja que se asigna a los mártires.

La puerta sobre la Av. Independencia 1190 se abre en contadas ocasiones. Los anchos muros acusan la edad del predio que tiene más de 200 años.

Un viaje al pasado en medio de la urbe

La sólida, añeja y pesada puerta de madera de algarrobo de la entrada franqueó el ingreso a los feligreses el 7 de abril de 1795 y, desde entonces, la congregación prosigue su misión. Priman las paredes blanqueadas con cal, acarreada desde las Barrancas de Belgrano, y los muros de un metro de espesor, levantados con ladrillos de un horno instalado especialmente cerca del solar por el generoso benefactor Manuel Rodríguez de la Vega para contar con materiales que garantizaran eternidad. Las puertas lucen firmes herrajes y los techos muestran los tirantes de madera de palmera que los sustentan, mientras que el desgaste sólo se aprecia en las baldosas más añosas. Propio de dos siglos atrás, el casi centenar de celdas de los ejercitantes en retiro son sencillas, en general carentes de ventanas, con mobiliario escaso y sin equipos electrónicos. La duración de los recogimientos puede ser de varias horas o días, para lo cual los interesados deben consultar las posibilidades.

Uno de los seis patios de la Casa de Ejercicios.

Junto a la cocina se despliega el comedor común (refectorio) con muebles austeros, y llama la atención un primitivo torno de madera, giratorio –con una ventana entre ambos ambientes–, que otrora se empleaba para pasar de modo ágil los platos de comida caliente. Encantadores resultan los seis patios internos de varias dimensiones con recovas de arcadas y columnas coloniales. Con pisos de ladrillo y el cielo como techo, reina el verde de la vegetación. Sentarse en uno de los bancos de madera y apreciar las frondosas magnolias de dos centurias, las palmeras y las enredaderas junto a jazmines, geranios y arbustos genera mansedumbre. Están rodeados de aleros de algarrobo con tejas, faroles coloniales de tres caras, cruces cristianas y un par de primitivos aljibes y espadañas con sus campanas. El silencio no es total por el ruido del tránsito de vehículos sobre la avenida cercana; pero no impide escuchar el canto de horneros, gorriones, calandrias y benteveos. Extraña que otro jardín hermoso se llame Patio de las Ánimas. ¿Por qué? Fue enterratorio de beatas, una práctica funeraria que cesó luego de que Bernardino Rivadavia prohibiera los sepelios en iglesias y conventos. Una lápida de una hermana allí sepultada atestigua ese acontecer.

Graciela Ojeda de Rio encabeza las visitas guiadas cada primer domingo de mes.

Entre las piezas museológicas, una pared presenta adosada una cruz de 47 kilogramos que, en los primeros tiempos, era cargada en los hombros por los ejercitantes como acto de padecimiento físico –interpretado como meritorio–, así como se practicaba el ayuno o algunas mujeres se cortaban el pelo. Dentro de una de las dos capillas, la del Divino Salvador, no se comprende cómo accede el coro a su ubicación en un entrepiso de madera en lo alto. Increíble: son tan anchas las murallas que, en la galería contigua, se abre una puertita que deja a la vista una angostísima escalera intramuros… ¡caminan dentro de una pared para subir! También impacta el retablo colonial del altar con el Cristo crucificado acompañado de María, José y san Cayetano, que sería la primera advocación del santo de la Divina Providencia en estas tierras, es decir, fue gracias a la hoy santa que los argentinos lo veneran. Los parroquianos pueden asistir a las misas de los domingos a las seis de la tarde ingresando por calle Salta.

Galerías con arcadas, aleros y baldosas antiguos frente a los claustros. Nazareno con cabello natural al que le rezan los fieles que ingresan por Av. Independencia. Una de las celdas en las que aún se realizan retiros espirituales.

Un romance, un piano en silencio y un cuadro aleccionador

“Entre quienes habitaban la Casa existía una categoría denominada ‘depositadas’, mujeres que habían sido denunciadas a la Justicia, pero sus causas estaban en estudio o eran recluidas por algún otro motivo, como el caso de Mariquita”, cuenta la guía para revelar un secreto entre esas paredes. Era una huésped joven que se veía a escondidas en plan romántico con su primo lejano Martín. Había sido confinada por sus padres, ya que no aceptaban el noviazgo, incluida una instancia judicial. Pero el pretendiente era astuto. Se hizo amigo del aguatero y entraba furtivo para verla en el patio de la cocina, donde daban los cuartos de las sirvientas. Pasó el tiempo. Al fallecer su papá, Mariquita le pidió permiso de casamiento al mismísimo virrey Sobremonte, quien accedió, y así pudo casarse en 1805… Años después, su vida estuvo ligada a acontecimientos públicos y fue la mujer en cuya casa se habría entonado por primera vez el himno nacional: era Mariquita Sánchez de Thompson.

La celda de María Antonia.

Otro capítulo novelesco se vincula a un desusado piano cargado de historia o leyenda. Existe la creencia de que perteneció a Manuelita Rosas, quien lo hizo trasladar porque, supuestamente, iba a ser el destino de su amiga Camila O’Gorman, condenada a reclusión por su conducta impropia a raíz de aquella aventura de amor con el padre Ladislao. Episodio que alcanzó fama gracias al cine. El final fue trágico, las cuerdas no sonaron porque Camila fue fusilada antes por el gobierno en la localidad de San Andrés. Como si fuera una parábola, en una de sus paredes atrae un gran óleo que recuerda la estética de la mexicana Frida Kahlo. El cuadro “La vida y la muerte”, del siglo XVIII, de factura rioplatense, contiene una figura femenina dividida por la mitad, donde una parte está vestida con un traje de la época rosista. La otra mitad es sólo esqueleto. ¿Una reflexión sobre un fin común cualquiera sea la posición social?

Ofrenda ornamental con réplicas pequeñas de objetos que pertenecieron a la religiosa, como el niño Dios que traía consigo siempre María Antonia.

La nueva iconografía y su santo sepulcro

Siendo laica consagrada, María Antonia abrió esta Casa inspirada en los jesuitas en un momento complejo, puesto que la orden religiosa había sido expulsada del virreinato en 1767 por el rey Carlos III de España. Un año después, iluminada y desafiante, empezó su misión ignaciana. Audaz y valiente, con su especie de toga negra y sus ojos claros, tras peregrinar desde tierra santiagueña por La Rioja, Jujuy, Salta y Córdoba, llegó a Buenos Aires a finales de 1778. Pasaron los años y, merced a sus gestiones, tanto Vértiz como el Cabildo consintieron que se levantara este asilo piadoso para feligreses practicantes. Hoy es santa y esta elevación suscitó una nueva iconografía de las manos artísticas del sacerdote argentino Eduardo Pérez Dal Lago, presidente de la Fundación La Santa Faz. “El halo –describe– sobresale del marco porque trasciende lo humano y el cielo es color oro porque representa la divinidad, no se degrada, corrompe ni oxida”, asegura el padre. Detrás se muestra la Casa; en manos de Mama Antula están los símbolos jesuíticos y en la base hay espigas de trigo que simbolizan el pan.

Una espadaña de tres campanas, el aljibe y una cruz para orar en uno de los patios de ejercicios espirituales.

María Antonia murió a las tres de la tarde del 7 de marzo de 1799, en su celda, la número ocho, donde hoy todos los elementos hablan de ella: sus muebles, un altar de madera lustrada y nácar que le obsequiaron en agradecimiento, una cruz jesuita, san Ignacio con sus atributos y un arcón “milagroso” que siempre proveía cuando el pan faltaba. Es el mismo baúl donde en el presente la gente deposita sus papeles escritos con mensajes, ruegos o pedidos, sobre todo cuando el público asiste a las visitas guiadas que se llevan a cabo el primer domingo de cada mes (con reserva previa). Sus restos están en la Basílica de Nuestra de la Piedad, sitio donde se refugió al llegar por primera vez a Buenos Aires “con una cruz a cuestas, descalza y macilenta”, según citó una antigua revista. Ese suceso motivó que pidiera descansar en ese templo y que fuera en forma anónima: “En el campo santo parroquial, con entierro menor, rezado y sin el menor aparato de solemnidad”.

Una pesada cruz de 47 kg que cargaban los ejercitantes como acto de padecimiento.

Sin embargo, el tiempo y la valoración de su obra suscitaron que se buscaran sus restos. El hallazgo se dio el 25 de mayo de 1867 gracias a un dato de la memoria anónima generacional, aunque se dudaba de si no era una leyenda. Se decía que la entonces beata quiso que en su lecho de muerte su cabeza apoyara en un leño de ñandubay, de muy difícil corrosión. Se cuenta que, durante la búsqueda con excavaciones, una niña se acercó a los trabajadores y les indicó dónde estaba su tumba. Así fue y ahí estaba la dura madera, la cual se conserva como reliquia en la Santa Casa. Se rescató el cuerpo, se dispuso un mausoleo con su figura y, en el presente, los devotos hacen fila ante su sepulcro para solicitarle gracias o apoyan estampitas para bendecirlas. “Yo le tuve mucha devoción, sí, porque siempre me pareció una mujer de mucho coraje. Porque había que tener coraje para hacer lo que ella hacía”, expresó Su Santidad al dar la bienvenida a miembros de la Familia Antuliana y descendientes colaterales de María Antonia de la Paz y Figueroa que estuvieron en Roma para la ceremonia de canonización.

El Papa Francisco recibió en la Sala Clementina a los argentinos que asistieron a la canonización el 11 de febrero de 2024.

Fuente: La Nación

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