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A 100 años de su nacimiento, la Biblioteca Nacional rescata la obra completa del poeta Luis Luchi

Yanischevsky Lerer -tal su verdadero nombre-, nació en el barrio de Villa Crespo el 11 de octubre de 1921 y era hijo de inmigrantes judíos ucranianos, Gregorio Yanischevsky y Paulina Lerer. Cuando Luchi tenía cinco años, su familia se mudó a Parque Chas, barrio en el que pasó su infancia y adolescencia, y que fue fuente de inspiración a lo largo de su vida.

(Por Romina Grosso) Al cumplirse 100 años del nacimiento del poeta argentino Luis Luchi, la Biblioteca Nacional publica “Ya veremos qué hacer con los crepúsculos”, que en dos volúmenes reúne toda su obra editada, un trabajo invaluable que rescata las poesías de un hombre vinculado al tango, la bohemia, el barrio y quien a la par de su militancia marxista -y luego anarquista- se empeñó en que su arte recogiera las manifestaciones de lo cotidiano y lo popular.

Yanischevsky Lerer -tal su verdadero nombre-, nació en el barrio de Villa Crespo el 11 de octubre de 1921 y era hijo de inmigrantes judíos ucranianos, Gregorio Yanischevsky y Paulina Lerer. Cuando Luchi tenía cinco años, su familia se mudó a Parque Chas, barrio en el que pasó su infancia y adolescencia, y que fue fuente de inspiración a lo largo de su vida.

Algo de esa identificación con su barrio puede apreciarse en el libro “Amores y poemas en Parque Chas” (2001, póstumo), y en poemas como “Relaciones de la familia Chas con mi familia y la de los vecinos” y “Che, turco”, entre otros. Fue autor de una veintena de libros en los que el humor y la ironía están presentes para hablar de la ciudad y su gente, a partir de una lírica sencilla, delicada y muy porteña.

“Siempre tenía en su horizonte la intención de conocer lugares y personas que lo alejaran de su soledad y lo acercaran a un mundo de justicia social”, señala a Télam el bandoneonista Pablo Yanis, uno de los nietos del poeta.

Luchi militó en el Partido Comunista y simpatizó con el anarquismo. En 1976, en plena dictadura militar, se exilió en Barcelona (España), a donde llegó en barco, convirtiéndola en su territorio de residencia hasta que murió en el 2000.

“La poesía de Luchi merece estar en las manos de todos y, a la inversa, nosotros nos merecemos poder acceder a su poesía. Y eso la Biblioteca Nacional lo permite y también lo alienta. La edición es muy cuidada y los libros pueden comprarse a un precio muy accesible o bajarse de la página web de la Biblioteca, totalmente gratis”, apunta a Télam Lilian Garrido, amiga entrañable del escritor, profesora de Letras, y responsable de reunir la obra del poeta.

Fue ella, quien después de “un camino largo y sinuoso”, logró concretar un sueño, cuando le propuso la edición de la poesía reunida, a Juan Sasturain, director de la Biblioteca Nacional, y él “lo aceptó sin vueltas”, contó Garrido.

Sobre la potencia de su obra, elige recatar una parte de una entrevista que ella le hizo para el diario Nuevo Sur, en 1990, donde Luchi le dijo: “Espero ser parte de un proceso que le cambie la vida a la gente. Para mí un poeta (…) debe ayudar a un pueblo a que viva. Hay que organizar la vida, viejita, tratar de comunicarle a la gente que hay que organizarla, darse cuenta de la fuerza que la gente tiene en sí misma y hacérsela entender”.

“En la transmisión de esta convicción, para mí, reside la fuerza de su poesía. Para transmitirla se sirve, entre otras cosas, del humor, la ironía y el sarcasmo. Hay poemas que son directamente provocadores. Como la materia de su poesía es el habla (considerada por el propio Luchi como ‘la forma más poética de expresarse’), pareciera, al leerlo, que entablamos un diálogo llano, sin complicaciones, pero la sencillez es aparente. Como señala Eduardo Romano -autor del prólogo del libro-, a Luchi hay que leerlo de una manera precavida. En sus poemas, el humor, la paradoja, la ironía, el sarcasmo nos cuestionan, nos hacen reflexionar”, dice Garrido.

En el epílogo del libro, el poeta Alberto Szpunberg hace hincapié en uno de los rasgos de la poesía de Luchi: su tono conversacional y su oralidad. Y afirma: “Su poesía es poesía del habla, un momento de la oralidad que trasciende las frases, los significados, los conceptos, Por eso su poesía está más cerca de la voz que de las palabra…”.

Tanto Garrido como su nieto Pablo resaltaron su vínculo con el tango. “Mi abuelo me llevó a mi primer concierto de tango. Fue en el Microestadio de Atlanta, donde tocaban dos orquestas, la de Osvaldo Pugliese y Atilio Stampone -evoca Yanis-. Recién entrado en mi adolescencia, descubriendo un género musical que ya se escuchaba en casa, pero jamás ‘en vivo’, fue mi primer contacto ‘significativo’ con el tango”.

“Con él me fui empapando de tango y charlas acerca sobre la soledad y la creatividad, del trabajo, el compromiso, la dedicación diaria en lo que te gusta”, indica el músico, hijo de uno de sus tres hijos, Esteban.

Para graficar ese lazo con la música porteña, Garrido cuenta un dato curioso: los seis poemas que en la antología “‘Espérenme que volveré (2010)’ aparecen como inéditos, llevan títulos de tangos que cantaba Gardel, pero nada tienen que ver con estos tangos sino que apuntan a otras cuestiones: ‘A quién se le ocurre en una época / que no hay obreros / hacer una huelga, / hágame el favor. (‘Al pie de la santa cruz’)”.

Luchi fue entrañable amigo del bandoneonista y compositor Eduardo Rovira, con quien integró el Grupo Gente de Buenos Aires, junto con el poeta Roberto Santoro y al artista plástico Pedro Gaeta. Justamente, una de las publicaciones de la agrupación fue el disco “Tango de música a lo lejos”, en 1966, con poemas de Luchi leídos por él mismo, música de Rovira e ilustración de tapa de Gaeta.

El bandoneonista le dedicó un tango bellísimo, titulado “A Luis Luchi”, que luego fue versionado con maestría por Juan “Tata” Cedrón, quien también fue gran amigo del poeta. También participó de los discos “Antología por mí” (1969), “A medio hacer todavía” (1982) y “Todos se dan vuelta y miran” (1999), los dos últimos con música de Jorge Sarraute. Télam.

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